Contenidos de Psicología

TEXTOS

Psicología como ciencia

 

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Página web con contenidos académicos de psicología. Pueden verse aplicaciones como la realización de tests on-line y en el enlace http://www.psicologia-online.com/ciopa2001 aparecen documentos (comunicaciones y conferencias) presentados al Congreso Internacional on-line de Psicología Aplicada. Algunos de estos documentos presentan aplicaciones informáticas en distintas áreas de la psicología.

http://www.portalpsicologia.org/
Portalpsicologia.org es un sitio web que vincula con recursos teóricos, metodológicos y técnicos de la psicología contemporánea, disponibles en Internet. Este portal está dirigido a estudiantes, académicos e investigadoras/es de la psicología y de las ciencias sociales en general.

http://www.uned.es/biblioteca/recursos/nv/filosofia.htm
Página web de psicología de la UNED. Contiene bases de datos y bibliografías, diccionarios y enciclopedias, directorios y portales de organizaciones y entidades, revistas electrónicas de acceso libre y muchos textos psicológicos.

http://www.um.es/psibm/psInternet/ayuda.htm#map
PSInternet. Documentación e información sobre psicología en Internet. Aporta una clasificación de los tipos de información documental que ofrece Internet sobre psicología. También permite buscar información sobre psicología.

http://psicoactiva.com
Portal de psicología válido para todos los temas. Contiene cursos, servicios profesionales, biblioteca y enlaces. Es una página interesante y con múltiples ejercicios.

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La biblioteca virtual más grande. Tiene acceso a páginas web de psicología, filosofía, ciencias de la educación, ciencias sociales y humanidades, etc.

http://www.psicologia.nu/Internet_y_Psicologia_Experimentos_on_line.shtml
Laboratorio Virtual de Psicología Laboratorio virtual de psicología la Universidad de Deusto. Contiene experimentos on-line, artículos científicos, artículos de divulgación, software experimental. Temática de psicología del aprendizaje y de psicología de Internet.

http://www.rlpsi.org
Sitio web de la Fundación para el avance de la psicología en la que encontramos tres publicaciones. Revista latinoamericana de psicología, avances en psicología iberoamericana y avances en psicología clínica iberoamericana.

http://www.upf.es/iuc/buey/ciencia/tema6.htm

 

 

 

José A. Marina
La inteligencia creadora
Barcelona, Ed. Anagrama, 1995, 7.ª ed., pp. 101-103

 

En un universo orgánico no hay necesidades, ni deseos, ni tendencias, ni placeres, ni dolores. Los seres físicos se atraen sin afecto, se repelen sin odio. Son los organismos sensitivos los que introducen los valores en la realidad. Sentir es ser afectado positiva o negativamente por un estímulo. La estructura básica del comportamiento es acercarse o huir. Sentir es valorar. El animal vive en un ambiente de incitaciones y amenazas. Su sistema nervioso está preparado para desdeñar lo trivial y captar lo interesante. Los neurólogos han estudiado el reflejo de alerta, que se dispara cuando una información sorprendente o atractiva toma el control de la actividad neuronal. La percepción está dirigida por el interés. El animal sólo se fija en lo afectivamente significativo.

También la conducta humana es un sistema de preferencias. La atención es el enlace de la conciencia con el valor: un estado de imantación, en el que la conciencia y lo interesante se atraen mutuamente. Atender es ser consciente de un atractivo. Si llamamos «intencionalidad» a la correlación esencial entre un acto de conciencia y su objeto, debemos llamar atencionalidad a la relación esencial entre un acto de conciencia y el valor del objeto. Toda conciencia es conciencia-de-algo que se destaca sobre otras cosas y que resulta prestigiado, destacado, valorado respecto de los demás. El interés es una implicación, complicación con el objeto.

La atención inteligente es la atención animal transfigurada. […] La bestia en la selva ha de estar pendiente del estímulo. («Estar pendiente de una cosa.» ¡Qué gran hallazgo lingüístico!). Es un asunto de vida o muerte que el ciervo, mientras come no esté tan concentrado en la hierba que desoiga los mensajes que le trae el aire. Debe aguardar expectante las noticias, porque sus enemigos están siempre al acecho, y el informe de sus asechanzas ha de llegar velozmente a los centros nerviosos del ciervo, que organizan la respuesta. Cualquier retraso o distracción son peligrosos y por eso le interesan sólo los scoops, las noticias de primera plana. El resto debe quedar difuminado, para lo que cuenta con eficaces mecanismos de inhibición neuronal (Bridgeman).

Mientras pace, soporta un continuo bombardeo de estímulos, que no le interesan y a los que no atiende, pero cuando en esa barahúnda le llega un crujido distinto, la siniestra novedad toma el control de la acción y el organismo entero se pone a su servicio. El cuerpo del ciervo se convierte en máquina de huir. Pero la pantera, en ese momento, también está concentrada y juega con eficacia su papel de antagonista: es una máquina de matar. Ni una espina que se clave en su flanco ni el aguijón de un insecto que atraviese su piel detendrá su carrera. La caza es su principal ocupación, el tema de su actividad.

La sucesión de estímulos pronuncia en su cerebro el discurso de la caza y su carrera está teledirigida por la intermitente fulguración de la piel del ciervo en la espesura. Una jerarquía de comportamientos, promulgada por los instintos, el aprendizaje y el hambre, organiza el salto y la dentellada. La atención del animal es la sumisión de todo el organismo a una tarea. Todo el poder computacional está al servicio de su mortal correría. El estímulo es el rey. La carrera del ciervo dirige la carrera de la pantera.

En el hombre todo cambia. La inteligencia descompone la armonía preestablecida entre ser-consciente y ser-interesante. El hombre puede unirse conscientemente a cualquier objeto. Los estímulos han perdido su capacidad de control y el primer plano ya no esta predestinado al mensaje más urgente. Ha dejado de existir la jerarquía objetiva de las importancias y aparece la aristocracia subjetiva: el hombre establece el orden de sus intereses. Este es el gran giro al que me he referido, que es una revolución copernicana.

El sujeto dejará de moverse alrededor del objeto, y ahora le corresponde a éste bailar al son que le toquen. Por lo que sabemos el comportamiento animal está esculpido por el estímulo, como decía Skinner. En el hombre las cosas suceden de otra manera. La inteligencia es el poder de suscitar ocurrencias, y esto concede al sujeto cierto control sobre su conciencia. Aparece el atender libre, y puede mantener el reflejo de alerta aunque el estímulo haya perdido su novedad. Este acto de independencia va a ser el cimiento de la libertad. Podrá fijarse en lo que quiera, porque será capaz de atender sin ganas. El sujeto va a construir su sistema de preferencias.

La antigua aristocracia no acepta sin lucha su relevo por la nueva. Se conservan conductas del antiguo régimen, y el poder del estímulo permanece vigente. Sería peligroso que hiciéramos esperar en la antesala de la conciencia a ciertos mensajeros, y el dolor, las novedades, los estímulos intensos conservan su antiguo salvoconducto. El notorio cambio de régimen que la inteligencia instaura no es completo, ni absoluto, ni constante.

 

 

Fernando Bárcena
La experiencia reflexiva en educación
Barcelona, Ed. Paidós, 2005, pp. 114-116

 

«El lenguaje sólo existe en la comunicación», dice Gadamer. Conversamos con nuestros contemporáneos, pero también con los ausentes a través de la memoria y de la lectura de los textos legados por la tradición.

A menudo, la conversación es un acontecimiento, lo que resulte de ella no se puede prever. Uno entra en la conversación, se deja llevar por su flujo, pero no la controla ni puede dominarla. En ella, lo importante no es tanto que nos pongamos en el lugar del otro, o que aceptemos todo lo que el otro diga, para mostrar así nuestras cualidades empáticas, sino comprender lo que dice, tratar quizá de ponernos de acuerdo en la cosa, en el asunto de que se trate, aunque se trate de un acuerdo tal que no anule un desacuerdo primordial que hace distinguir cada posición y cada inflexión.

Por la conversación buscamos llegar a acuerdos, pero también por la conversación experimentamos el lenguaje, y escuchamos las voces humanas en toda su plenitud de tonos y registros. Es en la conversación donde nos damos cuenta de que, aunque hablemos una sola lengua, en realidad lo hacemos delante de todas las lenguas del mundo, o sea, hablamos en presencia de una diversidad de lenguas, formas de expresión, modalizaciones, tonalidades, gestos, matices.

La conversación, por tanto, posee una fuerte dimensión transformadora y constituye una buena figura para pensar la educación. Porque toda buena conversación deja una marca, una huella en nosotros. No se trata de que ahí hayamos aprendido algo nuevo, sino que en la conversación a menudo encontramos en el otro dimensiones inéditas que antes no fuimos capaces de percibir.

Es ahí donde la práctica de una buena conversación deviene experiencia y acontecimiento de transformación. En ella, el individuo se reencuentra con los amigos o los descubre. En la conversación aprendemos el arte del silencio, porque toda buena conversación enseña que el lenguaje no es a lo verbal lo que el silencio a lo no verbal. En la conversación, las palabras respiran a través de los silencios, por los que se cuela el sentido de lo que decimos.

En nuestras instituciones educativas y en las universidades, donde los profesores llegan cada vez menos al aula sin libros y sin cuadernos —más bien su instrumental es un portátil y el famoso «cañón»—, es en esos espacios, digo, se puede, y a menudo se hace, debatir; se «participa» en una discusión, pero ya no se conversa, no se practica la conversación como un arte, como una experiencia dialogal. Quizá debido al carácter monologal de la ciencia, y al deseo compulsivo por hacer de la pedagogía y de la enseñanza algo científico-técnico, el profesor se ha vuelto incapaz de conversar con los alumnos.

Es preciso terminar los programas, hacer múltiples actividades, todas ellas muy prácticas, cambiar constantemente la tarea para que el principio de participación en las aulas muestre hasta qué punto somos unos buenos profesores, que, saben hacer excelentes presentaciones con el programa Power Point, presentaciones a todo color, en pleno dinamismo, donde las imágenes lo hacen todo, y donde los alumnos se ahorran tener que construirse una conciencia vertical, más honda, mientras conversan con el autor del libro que están leyendo y descifran el misterio de sus palabras.

[…] Como dice Oakeshott, el ser humano es un habitante de un mundo compuesto, no ya de «cosas», sino por «significados». […] Nuestro mundo es un mundo de creencias y sentimientos, lo que incluye todo tipo de expresiones de lo humano, o de lo inhumano, de nuestra común humanidad: libros, pintura, música,  escultura, utensilios de todo tipo, etc. Expresiones múltiples de lo humano que nos ponen en contacto con la variedad misma de lo humano en la tierra.

Por eso la educación no es un simple proceso de crecimiento natural, y se pervierte si se transforma en una técnica de modelamiento donde lo único que cuenta, como forma privilegiada de relación humana, es la conducta normalizada, en vez de la acción espontánea. En la educación lo que ocurre es que las generaciones adultas inician a los recién llegados en el mundo que van a vivir, en todo su legado cultural, en sus logros, valores y creencias.

Por eso, educar no es acumular más ideas sobre las cosas, sino algo muy distinto: «Aprender a mirar, a escuchar, a pensar, a sentir, a imaginar, a creer, a entender, a elegir y desear» La transacción moral educativa no es un fin o producto extrínseco a ella misma; la experiencia de esa relación es su propio fin, y tanto para el profesor como para el alumno constituyen parte de su tarea de ser humanos. No se trata de aprender hacer con mayor destreza o habilidad esto o lo otro, sino en «prender a ser a la vez autónomo y partícipe civilizado de la vida humana».


Heleno Saña
Antropomanía. En defensa de lo humano
Córdoba, Ed. Almuzara, 2006, pp. 41-45

 

Hoy se habla poco del tema que me dispongo a abordar, sea por pudor, ignorancia, aturdimiento o enajenación, o por una mezcla de todo ello. El individuo medio absorbido por el trasiego, el estrés y las mil actividades de su diario vivir, suele conceder escasa atención a la cuestión fundamental de su existencia. La mayoría de ellos considera así mismo que se trata de una problemática demasiado abstracta y metafísica, y ya por ello, muy alejada de sus preocupaciones inmediatas: el pan de cada día, el trabajo, la familia, el dinero.

Y no pocos, en fin, opinan que eso de reflexionar sobre el sentido de la vida se ha convertido en un anacronismo que sólo interesa a los curas y a una minoría chapada a la antigua. Es posible que sea así, pero la vida humana es una totalidad en el espacio y el tiempo, y por esa razón es evidente que si no logramos descifrar el sentido de esa totalidad, difícilmente podremos dar sentido a nuestros actos particulares.

[…] No nacemos súbita y enteramente hombres; lo aprendemos a ser a través de la razón y la voluntad, de la lucha y el esfuerzo por superar nuestra imperfección original y nuestro estado de ignorancia. Nos aproximamos o llegamos a la verdad no por medio de una súbita iluminación —aunque ello no sea descartable— , sino más bien a través de las enseñanzas que extraemos de los errores que inevitablemente cometemos a lo largo de nuestra vida. Esa fue también la dialéctica socrática, que no por azar parte del humilde principio del «yo sólo sé que no sé nada». Nuestra primera experiencia es, junto al amor y la solicitud de los padres, el desamparo, el desconcierto, la desorientación. Esa radical fragilidad de nuestra condición humana explica que todos tengamos que asumir, a partir de la niñez y sin excepción, el largo y arduo aprendizaje de la vida.

[…] El hombre entra en la vida —es arrojado a ella, según la terminología heideggeriana— sin estar de antemano preparado para afrontar desde una plataforma segura, los riesgos y desafíos a los que pronto se ve expuesto, o como dice Ortega «el ser hombre no tolera preparación ni ensayo previo. La vida nos es disparada a quemarropa». Pues bien, sólo acertaremos a superar esta situación cero en la medida en que aceptemos someternos voluntariamente a un proceso permanente de autoeducación.

Es a partir de esta empresa libremente asumida que se inicia la gran aventura de nuestro itinerario por el mundo, el cual, es, de una parte, hambre de certidumbre, pero de la otra, peligro de naufragio y extravío, marcha solitaria e interminable a través del desierto, que es el sitio que los antiguos anacoretas egipcios —precursores del monje y el místico cristianos— elegían para encontrarse a sí mismos. No necesito subrayar que esta larga peregrinación interior es constitutivamente inseparable de la zozobra y la inquietud, de la angustia y el miedo al fracaso y la decepción.

[…] A lo largo de esta peregrinación espiritual a través del espacio y el tiempo, el hombre vive a menudo desterrado de sí mismo y queda varado en aquel terrible «voyage au bout de la nuit» de que nos habla Céline, o en la «noche oscura del alma» tan familiar a nuestro místico y poeta. Y cuando llega esa hora de suprema soledad, extravío, pesadumbre y fatiga, la vida del hombre se asemeja a la de un viandante avanzando en plena noche por caminos mal iluminados o completamente oscuros.

[…] Todo hombre al llegar al umbral de la juventud —o quizá ya antes en su fase adolescente— comienza a hacerse preguntas sobre sí mismo, sobre las personas que conoce y sobre el mundo que le rodea. Y todo hombre también, a menos que esté completamente embrutecido o alienado, aspira instintivamente a que su vida adquiera el máximo de plenitud y coherencia. Más adelante al entrar en las regiones ingratas y duras de la edad adulta, sepulta en el fondo de su alma sus sueños juveniles de gratificación y acepta, de buen o mal grado, la suerte -buena o mala- que el azar le ha asignado. En su fuero interno, el hombre no deja de añorar nunca lo excelso y lo elevado, lo hermoso y lo noble.

La prueba es que cuando se ve privado de esos valores, como ocurre con frecuencia, sufre y vive en aquel estado de insatisfacción o tortura interior que Hegel llamaba «conciencia infeliz». A menudo tropezamos con personas agresivas, injustas, malhumoradas o abiertamente resentidas; pues bien: tened por seguro que el origen de su estado anímico se debe a que no han podido dar a su vida el sentido que hubieran querido darle y se ven obligadas, por culpa propia o ajena, a llevar el pesado fardo de una existencia en esencial contradicción con sus aspiraciones e inclinaciones íntimas.

 

 

Luis Rojas
Pánico homosexual
El País, 18-10-2003

 

En psiquiatría, el término pánico homosexual se aplica a una perturbación grave pero transitoria del equilibrio mental de los adultos, caracterizada por pavor, sin motivo real, a ser acosado y dominado por alguien del mismo sexo. La lista de síntomas incluye ansiedad, agitación, alucinaciones, fantasías persecutorias y comportamientos violentos.

Este estado de terror a la homosexualidad tiende a afligir a personas de carácter suspicaz, que se sienten inseguras de su identidad sexual y han eludido a lo largo de su vida situaciones de intimidad física. El tratamiento de estos enfermos consiste en internamiento y sedación con tranquilizantes para aliviarles la angustia, devolverles el contacto con la realidad y calmar sus impulsos agresivos.

Aunque los diagnósticos psiquiátricos se hacen sobre individuos concretos después de seguir los acontecimientos de los últimos meses no puedo remediar pensar que ciertos sectores políticos y religiosos de la sociedad occidental están afligidos por una especie de brote de pánico homosexual colectivo.

[…] La realidad es que pese a la discriminación que ha sufrido y aún sufre la comunidad homosexual, en los últimos años hemos sido testigos de un definitivo e irreversible cambio cultural en Occidente. Hoy, personajes homosexuales son representados diariamente en series de televisión de gran audiencia, y no pocos gays y lesbianas de carne y hueso son respetados, admirados y hasta elegidos para cargos públicos. La mayoría de las personas conocen a alguien que es homosexual, acepta las relaciones del mismo sexo y apoya la igualdad de derechos.

En casi todas las naciones europeas y en Canadá se reconocen legalmente las uniones homosexuales, y en Suecia, Islandia, Dinamarca y Holanda estas parejas pueden incluso adoptar niños. En Estados Unidos, más de la mitad de la población es partidaria de la legalización de estas relaciones, y diarios de prestigio, como The New York Times, incluyen en sus páginas de sociedad los enlaces de personas del mismo sexo. Aunque las leyes federales de este país no contemplan el matrimonio homosexual, en varios Estados estas uniones gozan ya de respaldo legal.

La causa exacta de la homosexualidad aún no se conoce. Cada día sin embargo, más estudios científicos corroboran la noción de que se trata de una variación innata de los mecanismos biológicos y psicológicos que modulan la atracción romántica entre personas adultas, por lo que está fuera del control del individuo. En concreto, la orientación sexual parece configurarse en el cerebro del feto durante la gestación, mediante los efectos de las hormonas sexuales, andrógenos y estrógenos.

Algo que sí sabemos con certeza es que la homosexualidad no es una enfermedad, no se contagia, no es un vicio, no es la consecuencia de tendencias antisociales, ni la secuela de padres ineptos o de una infancia traumática. Tampoco está reñida con las virtudes más valiosas, incluyendo el respeto por la dignidad del ser humano, la capacidad de amar, la lealtad, la honestidad, la valentía, la espiritualidad, el altruismo y la creatividad.

Es obvio que los hombres y las mujeres homosexuales no han entorpecido en absoluto la continuidad de nuestra especie. Por el contrario, a pesar de no sumar más de un 4 % de la población, son numerosos los genios gays de las artes y de las ciencias que han contribuido y contribuyen a la evolución y mejora del género humano.

El horror fanático a la normalización social de la comunidad homosexual implica la devaluación irracional y cruel de estos hombres y mujeres como seres humanos. La demonización de los homosexuales satisface además, la necesidad compulsiva y nefasta de dividir tajantemente a nuestros compañeros de vida en «buenos» y «malos». En este sentido, pienso que mezclar a Dios en el debate de las relaciones homosexuales es un gran error. La homosexualidad no es una cuestión religiosa, ni tampoco moral, sino un desafío social, político, legal y, sobre todo, un reto a nuestra razón y a nuestra humanidad.

Confío en que este ataque reciente de pánico homosexual que trastorna y abruma a ciertos colectivos será pasajero. Sospecho, que con el tiempo, adquirirán conciencia de su ofuscación y recobrarán la calma y el juicio. Contamos con un dato reconfortante: si ojeamos el argumento de nuestra historia veremos que las corrientes fanáticas van y vienen, pero a la larga los cambios justos perduran.

 

 

Guillermo Rendueles
Egolatría
Oviedo, Ed. KRK, 2004, pp. 220-22
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En un excelente artículo, Sherry Turkle describe las similitudes que existen entre la participación en los MUD (siglas de multi-user dangeons o multi-user domains) de internet y la construcción de identidades alternativas en los trastornos de personalidad múltiple. Los MUD constituyen un colectivo de miles de comunidades que no existen en ninguna parte. En ellos se ingresa por medio de un personaje que participa en un chat. Se bautiza con un nombre al personaje, se le adscribe una personalidad, se describe su cuerpo... y se le asigna una genealogía, una familia y un trabajo.

Aunque las relaciones que se establecen en los chats son las sucesoras del género epistolar, hay diferencias insalvables. La relación por carta está lastrada por el inevitable problema del aplazamiento sentimental, así como por las limitaciones de un estilo inevitablemente convencional desde el encabezamiento a la despedida. Frente a la espera del cartero, la telemática nos exige crear un personaje para el diálogo dotado de una biografía más o menos detallada y coherente.

Según Turkle, a diferencia de lo que ocurre en los juegos de rol —en los que se entra o se sale de un personaje con un guión predeterminado y un tiempo concertado—, en los MUD se ofrece una vida en presente que difumina los límites entre la persona y el personaje, entre la persona y la simulación: eres lo que finges ser.

La acción de abrir o cerrar ventanas informáticas se ha convertido para muchos en la metáfora por excelencia de la personalidad posmoderna entendida como un sistema múltiple de actuaciones. Se trata de una identidad repartida que existe en muchos mundos y representa muchos papeles al mismo tiempo. Por primera vez en la historia, podemos ser los creadores de un yo a la carta. La vida real no es más que otra ventana y, desde luego, para algunos no es la más satisfactoria ni a la que más tiempo dedican. En esta nueva cotidianidad discontinua resulta difícil establecer al final del día que representación pertenece a lo virtual o a lo real.

[…] En internet podemos conocer espíritus sin mediación de la carne, y por ello constituye casi el cumplimento de las aspiraciones espiritistas. Pero, de algún
modo, se desvitaliza la relación que tiene lugar entre cuerpos reales y que siempre está mediada por marcadores tan prosaicos como el olor corporal que exigen cuidar el vestido, esforzarse por equilibrar el pudor y el exhibicionismo o dedicar un tiempo relativamente largo a descifrar los equívocos de una sonrisa.

[…] En un chat podemos «dejarnos ir» sin peligro y, como en las fiestas de carnaval, asumir identidades transexuales o fantasías sadomasoquistas, ya que la relación puede ser interrumpida con tal facilidad cuando así lo deseemos. Por eso, la realidad de las tres dimensiones puede llegar a resultar tan tediosa a causa de su lentitud relacional como aterradora por los peligros reales que comporta.

Para intimar, mejor internet. Resulta más sencillo encontrar el alma gemela en la Red que en los azares de la noche. La sociedad es el reino del cálculo de intereses, de los negocios y las convenciones, mientras que la intimidad del ordenador crea un espacio ideal para la relación entre almas bellas. Allí sí se puede ser siempre sublime. La misantropía electrónica parece cada vez más el destino de una nueva elite. La existencia de un tema de interés común evita la angustia del tanteo inicial de una conversación real. El chateo se inicia con una total ausencia de pudor que acelera la intimidad y con una presunción de veracidad que en ocasiones resulta catastrófica.

La clave para establecer que una persona mantiene una relación patológica con su ordenador es que su tiempo de vida se reparta de forma desigual entre el espacio virtual y el real. Cuando se invierte más tiempo, atención y afecto en las identidades virtuales y las relaciones electrónicas que en el yo social, resulta probable una deriva hacia un trastorno neonarcisista de la personalidad. Como el espejo de la madrastra de Blancanieves, el chat siempre responde afirmativamente a la pregunta de sí somos los más bellos.

[…] Dejarse ir, navegar, encontrarlo todo aquí y ahora con tarifa plana... En mi opinión, la razón principal de que algunas personas prefieran la vida en la Red es, sencillamente, su pereza. Los chats proporcionan un sentido vital, una identidad y una pseudocomunidad virtual sin tener que someterse a las exigencias de la inteligencia social, ni crear y mantener un yo o cultivar la amistad en el mundo real.

La realidad resulta ardua. No es sencillo traducir las señales procedentes de un contexto interpersonal siempre ambiguo —¿sonríe con desprecio o con simpatía?, ¿esa mirada significa «acércate» o «vete»?— ni tampoco resulta fácil comunicar nuestras propias intenciones con gestos que trasluzcan nuestra identidad.

 

 

Aurelio Arteta
La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral
Valencia, Pre-Textos, 2002, pp. 22-25

 

Tal vez no exista tópico en nuestra sociedad tan asentado y devastador como el decir de alguien en tono elogioso que es una persona normal, o cuando uno mismo es el interrogado, tenerse por una persona normal.

Hay ciertamente un sentido sociológico de normal por el que se contrapone a anormal y escaso, raro o extraño, excepcional y anómalo; o, si se prefiere, a lo extravagante o fuera de lugar. Lo normal es así lo común, regular, habitual y ordinario, lo más o menos constante y por ello previsible. Ya se ve que, en este primer sentido, el uso de la palabra normal para referirse a un individuo, conducta, hecho o suceso es ante todo descriptivo, porque no contiene un expreso juicio de valor ni mandato alguno de acomodarse a esa normalidad.

Pero veamos su acepción médica o clínica. Aquí según unas pautas de buena salud del organismo humano, conforme a la idea de cierto equilibrio de los órganos corporales (por ejemplo, de los índices de colesterol en sangre), la persona normal sería el sano y la anormal el enfermo. Lo normal viene a significar lo conveniente para el buen funcionamiento físico del ser humano, cuyo contrario sería lo patológico. La normalidad en sentido médico ya no es objeto de una descripción, sino que encierra una prescripción, una orden.

Al fin y al cabo, lo que venimos a decir de tal persona es que, siendo así, es como (se) debe ser; o sea, que es bueno ser normal. Consagramos el dato sociológico como pauta a seguir, como modelo de conducta. La normalidad que se predica ya no está limitada a la salud del cuerpo o de la mente, sino que se extiende a la persona entera. De modo que el tópico de marras encierra un sentido inequívocamente moral y transmite un ideal de existencia.

Igual que el resto de los lugares comunes, también éste es hijo tanto de la pereza mental («opinión pública, perezas privadas», nos martilleó Nietzsche) como de un cierto afán de seguridad: el de no estar solos y ser admitidos por los demás a su mismo nivel. Todo tópico es un guiño de complicidad que nos hacemos unos a otros.

Decimos que alguien es normal y nos quedamos tan satisfechos, como si en tal atributo hubiéramos resumido lo mejor que de él cabría decir. El interlocutor
asiente complacido, pues acaba de imaginar que el individuo en cuestión viene a ser poco más o menos como él. Así que tan vaporosa descripción del otro nos ahorra entrar en mayores detalles, nos evita el esfuerzo de comprender y explicar qué es lo que distingue su singularidad.

«Lo heroico, lo noble y esforzado, lo piadoso o lo justo, lo genial y lo sublime... encarnaban en unos pocos que se ofrecían a todos como algo admirable. Hace ya mucho que el modo de vida triunfante en Occidente ha barrido buena parte de todo eso. En su lugar, lo útil, eficaz y productor de bienestar, lo divertido, lo relativo, lo calculable y rentable, lo espectacular, eso que es accesible a los más, acaparan casi todas las miradas.» (P. 18.)

La moral subvertida

Extender a troche y moche el certificado de normalidad es un modo indisimulado de no juzgar, una manera de evitarse el esfuerzo de aquilatar cada uno de los juicios de valor sobre las personas y el riesgo de exponerse a emitirlos.

[…] Al tacharle de normal, nos referimos al individuo que no destaca ni para bien ni para mal, que no resulta en modo alguno sobresaliente. Tan lejos está de ser nada del otro mundo, que piensa y hace lo de todo el mundo. Se trata de un hombre como los demás, alguien perfectamente intercambiable por cualquier otro, un miembro anónimo de la mayoría. En definitiva, un tipo normal y corriente, un humano medio, del montón; una medianía o un mediocre. Parece difícil hacer de esa palabra un timbre de gloria de nadie, parece mentira que nos complazca el calificarnos de normales.

Asistimos a la apoteosis incontestable de la persona normal, según denunció Adorno: «la normalidad es la enfermedad de nuestro siglo». Y este tipo de hombre ha ordenado publicar en todas las esquinas el siguiente decreto: la mayoría somos normales; luego todos deben serlo. Tal es el precio para ser aceptado en la comunidad de los iguales. Se ha impuesto la plantilla, la podadera.

 

Witold Gombrowicz
Diario (1953-1969)
Barcelona, Ed. Seix Barral, 2005, pp. 434-435

 

«Se vive solo y se muere solo», dice la frase de Pascal. No exactamente. A pesar de todo se vive en grupo y los unos ayudan a los otros, y solamente cuando la  muerte llama a la puerta ve el hombre que está solo... y a solas con ella..., como esos animales que se apagan mientras el rebaño se aleja de ellos en una noche de invierno.  ¿Por qué la muerte humana sigue pareciéndose todavía a la muerte animal? ¿Por qué nuestras agonías son tan solitarias y tan primitivas? ¿Por qué no habéis logrado civilizar a la muerte?

Y pensar que esta cosa tan terrorífica que es la agonía reina entre nosotros tan salvaje como en los primeros días de la creación. !No se ha hecho nada en su contra en el curso de los milenios, es un tabú salvaje que no se ha tocado siquiera! Tenemos la televisión y usamos mantas eléctricas, pero seguimos muriendo salvajemente. A veces, la tímida jeringa de un médico abreviará a escondidas los suplicios de un moribundo aumentando la dosis de morfina. Una intervención timorata, demasiado insignificante teniendo en cuenta la inmensa universalidad de la muerte.

Reclamo unas Casas de la Muerte donde cada uno tuviera a su disposición medios modernos que facilitasen su partida. Donde se pudiese morir cómodamente sin necesidad de tirarse debajo de un tren o colgarse de un picaporte. Donde un hombre cansado, estropeado, acabado, pudiera entregarse a los brazos amistosos de un especialista que le asegurase una muerte sin tormento ni vergüenza.

¿Por qué no?, pregunto, ¿Quién os impide civilizar la muerte? ¿La religión? Ah, esa religión que hoy prohibe el suicidio, ayer prohibía no menos ruidosamente los analgésicos y anteayer permitía el tráfico de esclavos y perseguía a Copérnico y Galileo...; ah, esa Iglesia que condena con retumbos de trueno y luego se retira discreta y sigilosamente...

¿Qué garantía podéis tener de que dentro de unas decenas de años la actual condena al suicida no se ablande y se esfume poco a poco? Y mientras tanto hemos de morir como perros, entre convulsiones y estertores, hemos de esperar con paciencia cubriendo ese lento camino con millones de horribles agonías que se resumen en las necrológicas con un lapidario: “tras unos largos y penosos sufrimientos”. No, verdaderamente el precio que hay que pagar por esas “interpretaciones” de los textos sagrados es demasiado alto y  sangriento, y sería mejor que la Iglesia renunciara a esta escolástica que irrumpe con demasiada arbitrariedad en la vida.

A fin de cuentas, si los católicos practicantes quieren morir sufriendo es cosa suya. Pero ¿por qué vosotros, los que sois ateos o tenéis sólo una relación poco estrecha con la Iglesia, no os atrevéis a hacer algo tan sencillo como organizar vuestra muerte? ¿Qué os intimida? Hacéis todo lo que es peciso para mudaros sin problemas de un sitio a otro cuando cambiáis de domicilio, pero cuando se trata  de la mudanza al otro mundo, ¿queréis que la cosa siga a la antigua, con el prehistórico método de reventar?

!Qué tenebrosa resulta esa ineptitud vuestra! Y pensar que cada uno de vosotros sabe perfectamente que ninguno de sus seres más próximos escapará a la agonía, a no ser que le toque la suerte  de una muerte repentina e inesperada; cada uno de nosotros será progresivamente destruido hasta el punto de que algunos rostros se volverán irreconocibles, y sabiéndolo, conociendo este destino inevitable, no moveréis un dedo para evitaros el suplicio. ¿Qué teméis? ¿Que escape demasiada gente si dejáis la puerta entreabierta? Dejad morir a los que escogen la muerte. No obliguéis a nadie a vivir por la incomodidad de la muerte, es demasiado mezquino.

El chantaje contenido en la obstaculización artificial de la muerte es una canallada que atenta contra la más valiosa de las libertades humanas. Porque mi libertad suprema consiste en que a cada instante me puedo hacer la pregunta de Hamlet: “¿ser o no ser?”, y contestarla libremente. Esta vida a la que estoy condenado   puede pisotearme y denigrarme con la crueldad de una bestia salvaje, pero hay en mí un dispositivo  sobrerano: puedo privarme a mí mismo de la vida. Si quiero, puedo no vivir. Yo no he pedido venir al mundo, pero al menos me queda el derecho de marcharme..., y ése es el fundamento de mi libertad. Y también de mi dignidad (porque vivir con dignidad quiere decir vivir voluntariamente).

Pero el derecho fundamental del hombre a la muerte -que  debería figurar en las constituciones- ha sufrido una confiscación imperceptible; por si acaso lo habéis organizado todo de manera que morir sea lo más difícil posible y más  terrible de lo que debería ser dado el nivel actual de la técnica. Lo cual demuestra  que no sólo vuestra ciega afirmación de la vida -afirmación del todo animal-, sino sobre todo vuestra tremenda insensibilidad cuando se trata del dolor que aún no experimentáis, de la agonía que todavía no es la vuestra; en esto se revela esa estúpida frivolidad con la que se soporta la muerte mientras se trata todavía de la muerte ajena. Todas esas consideraciones vuestras grandes y pequeñas -dogmáticas, racionalistas, vitales y prácticas-, toda esa teoría, toda esa práctica se despliega como la cola de un pavo real... lejos de la muerte. Lo más lejos posible.

 

 

 

Pascal Bruckner
La tentación de la inocencia
Barcelona, Ed. Anagrama, 2005, pp. 107-108

 

¿Qué es ser adulto, idealmente hablando? Es avenirse a determinados sacrificios, renunciar a las pretensiones desorbitadas, aprender que más vale «derrotar los propios deseos antes que el orden del mundo» (Descartes). Es descubrir que el obstáculo no es la negación sino la condición misma de la libertad, la cual, si no encuentra trabas, no es más que un fantasma, un capricho vano, puesto que tampoco existe si no es a través de la igual libertad de los demás fundada en la ley. Es reconocer que uno nunca se pertenece completamente, que en cierto modo se debe al otro que socava nuestra pretensión a la hegemonía.

Es comprender por último que hay que formarse transformándose, que uno se fabrica siempre contra sí mismo, contra el niño que fue, y que, al respecto, cualquier educación, hasta la más tolerante, es una prueba que uno se inflige para desprenderse de la inmediatez y de la ignorancia. En una palabra, volverse adulto —en el supuesto de que alguna vez se consiga— es rebajar nuestras alocadas esperanzas y trabajar para ser autónomo, para ser tan capaz de autoinventarse como de abstraerse de uno mismo.

Pero el individualismo infantil, por el contrario, es la utopía de la renuncia a la renuncia. No reconoce más que un único lema: sé lo que eres desde toda la eternidad. No te enredes con tutores ni trabas de ningún tipo, evita cualquier esfuerzo inútil que no te ratifique en tu identidad contigo mismo, hazle únicamente caso a tu singularidad. No te preocupes de reformas, de progresos, ni de mejoras: cultiva y cuida tu subjetividad que es perfecta por el mero hecho de que es tuya. No resistas a ninguna inclinación pues tu deseo es soberano. Todo el mundo tiene deberes salvo tú.

Así es la ambivalencia del Be Yourself: para ser uno mismo hace falta además que el ser pueda acontecer, que las posibilidades se actualicen, que no se sea todavía lo que un día se será. Ahora bien, se nos invita a valorizarnos sin mediación ni esfuerzo, y la idea de pagar con la propia persona para ganar el derecho a la existencia ha entrado en un declive irremediable. Entregado a mí mismo, sólo tengo que exaltarme sin reservas: el valor supremo ya no es lo que me supera sino lo que constato dentro de mí mismo.

Ya no «devengo», soy todo lo que tengo que ser en cada instante, puedo adherirme sin remordimiento a mis emociones, a mis deseos, a mis caprichos. Mientras que la libertad es la facultad de liberarse de los determinismos, yo reivindico fundirme con ellos al máximo: no planteo límites de ningún tipo a mis apetitos, ya no tengo por qué construirme, es decir, introducir distancia entre yo y yo, sólo tengo que seguir mis inclinaciones, fusionarme conmigo mismo.

Lo que produce un uso a menudo equívoco del término autenticidad: puede significar que cada cual es para sí mismo su propia ley, pero también acabar legitimando el mero hecho de existir, la afirmación de uno mismo como modelo absoluto: ser es un milagro de tal magnitud que nos exime de cualquier deber o imperativo.

El reproche que cabe hacer a ciertas filosofías contemporáneas del individuo no es que lo exalten demasiado, sino que no lo exalten lo suficiente, que propongan una versión disminuida del individuo, que tomen la degeneración por una prueba de salud; es, por último, olvidar que la idea de sujeto supone una tensión constitutiva, un ideal que alcanzar, y que la impostura empieza cuando se considera al individuo como algo hecho cuando todavía está por hacer.